Las valkirias ya no lloran al atardecer

By Alberto M²

13:08 h. 15 cigarros a estas alturas del día. 70 correos sin responder: 48 de asuntos urgentísimos, 10 de gilipolleces de Antúnez, 6 de Viagra, 3 de Rolex, 2 de una neumática Ivana que desea que la conozcas muy a fondo y 1 de Gema rechazando tu proposición de cenar juntos el viernes. Un día de reuniones para saber a qué coño jugamos con las delegaciones en Suramérica. Poner en orden a los de Argentina, pelotear a la nueva buenorra de Brasil y mandar al carajo al inútil de Chile. Comida a las 14:30 con tipos a los que debes sonreír, pero que si pudieras les escupirías en su elegante traje informal, hecho a medida por sastres que cobran tanto como la vida de cientos de niños de África. ¡Ajjj, no te soportas cuando te pones demagógico! Eres tan falso. Lo peor viene por la tarde. Reunión con el jefe supremo que tiene ganas de echar la arenga del trimestre. Lo mismo de siempre: números, números y pasta. Es lo único que importa ¡Uffffffff!, suspiras. Te levantas al servicio. Vistazo al escote de Gloria. ¡Cómo está la tía! Agua en la cara para despejarte, ni con ésas. Noche dura, venga a repasar informes a la vez que te calzabas pelotazos del whisky de la cesta de Navidad de este año. Te miras al espejo y sólo piensas: ¡Menuda mierda! Vuelves al despacho. Tu secretaria te recuerda la cena de esta noche con ese escritor tan guapo y famoso. Maldices el marrón. Otra vez tener que cenar con ese cabrón relamido. No lo aguantas. Su forma de hablar, poses de culto e impostados arrebatos de mal humor y genio. Todo es tan calculado. Y encima está con ella. ¡Dios, qué habrá visto semejante mujer en ese imbécil! Mientras simulas que trabajas, juegas con la pluma, pero nunca fuiste un tipo de dedos ágiles. Se te cae al suelo y rompes la punta. Y es en ese momento cuando te das cuenta que fue hace tiempo cuando todo se jodió. Miras por la ventana como las primeras gotas de lluvia del invierno mojan a la gente de la calle. Observas como la mayoría de hormigas encabronadas corren a refugiarse debajo de los balcones y soportales; todos, menos un joven despreocupado que camina con paso tranquilo hacia cualquier parte. Suspiras, hace tiempo creíste ser como él. Recuerdas tus comienzos. Las horas echadas en trabajos de mala muerte, los amigos que dejaste abandonados y aquella vida de despreocupación absoluta por el que será. Vivir es lo único que importaba. Hace ya mucho que un buen texto te abrió las puertas, al principio sólo para asomar la patita y después para meter tus zarpas hasta la cocina. Escribías informes sobre todo lo que llegaba a la editorial: bueno, malo o vomitivo. Años de sacrificio para por fin ascender a la nada: eras el ser anónimo que escribía los textos de contraportada de las novelas más exitosas de la casa. Imposible despachar más escritos en tan poco tiempo y siempre con los recelos de escritores afortunados y caprichosos. Y por fin, el golpe de suerte, la gloria, el reconocimiento laboral. “¡Y una mierda!”, vuelves a gritar sin darte cuenta que cada vez lo estás haciendo más fuerte. Aconsejar en la propia cara del jefe supremo y del escritor más vendido de la casa en no sé cuántos países que su nueva novela debería llamarse “Las valkirias ya no lloran al atardecer” es lo que te cambia la vida. Tienes grabada la escena de ese día. Sin saber todavía por qué te tocó a ti, te conviertes en ceniciento en una reunión de jerifaltes. Sólo eras el convidado de piedra de sus gracietas y chistes verdes, ni tan siquiera abrías la boca para exhalar aire. El escritor endiosado de uñas, de una mala hostia tremenda. Ni loco quería cambiar el título de su última gran obra maestra. Tensión. Voces. Insultos y faltas de respeto. Y entonces el jefe supremo, te mira y manda callar a todo el mundo. Sin rodeos, sólo te pregunta “¿Y tú qué opinas?”  Apenas atinas a balbucear el dichoso título que ha marcado tu vida. Silencio. El escritor desde el fondo te mira atentamente y sin apartar los ojos de tu trémula cara, escupe a los demás “Este hijo de puta si que ha captado la esencia de la novela. Me vale. Pero el título es mío”. Toma la palabra el jefe supremo “OK. A mi también me gusta. ¿Algo qué decir. Silencio y cabezas gachas. No se hable más. Cada uno a lo suyo. Chico, a mi despacho”, brama el jefe supremo. Acaba la reunión y ya nada es igual para ti desde ese instante. Directivo de la empresa. Pasta gansa, puñaladas traperas, líos con jovencitas ambiciosas, ética en el lavabo, viajes, lujos innecesarios para saciar tu orgullo y comprar el cariño de los que ya no te quieren, despidos injustos de compañeros, tensión, estrés, un divorcio a cuestas… ¿Y ahora qué? Joder. Estás harto de pasar noches en vela. Miras a la ventana y ves como se aleja el chaval. Piensas en tu novela favorita. Zavalita no tenía claro el momento en que se jodió el Perú. Tú en cambio, no dejas de arrepentirte de ese día.

Ta luego. A2.

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