Escupitajos de vida

By Alberto M²

Hay películas que son más que una bocanada de aire fresco, después de paladearlas te hacen mirar tu pequeña existencia con un aire más alegre y optimista, con la sensación de tener una sonrisa boba permanente en la cara y que realmente merece la pena luchar en esta vida por algún ideal, reto o mujer; otras películas en cambio, te sucumben en la desesperanza más absoluta, apenas encuentras resquicios donde hallar motivos para creer en el hombre, porque allá donde vayas, sólo parece que triunfan la violencia y la ignominia permanente que es capaz de infligir el ser humano a sus semejantes, la conclusión es que jamás tendremos posibilidad alguna de paz. Y después están, las otras. Son películas que no se limitan simplemente a reflejar la vida de unas personas. No, no es eso. Es algo más profundo y doloroso. Estas películas son escupitajos de vida, arrojados sin piedad para removerte incómodo en tu asiento, sentirte jodido por verte identificado aunque no lo quieras reconocer y llorar sin saber tan siquiera si es por tristeza, misericordia o ansias de amar. Son películas sin concesiones, de almas desnudas, donde todos los miedos, vilezas e ilusiones están entremezclados. Nuestra infinita sed de que nos quieran, el odio irracional a lo desconocido, la soledad que nos persigue a pesar de estar permanentemente rodeados y comunicados, la impotencia ante la injusticia, el irrefrenable deseo de venganza, la paulatina traición hacia aquello que alguna vez creímos y que aunque queramos no hablar de ello, el sufrimiento siempre es compañero permanente de viaje. Todo esto y mucho más que no atino a saber explicar es lo que sentí ayer por la noche tras ver por primera vez Crash de Paul Haggins. Sobra decir que si amáis el cine, debéis verla (y por favor, en V.O.). Yo hasta ayer por la noche lo tenía en el debe de películas que tenía que ver ¡¡YA!! Lista en la que también se encuentra Deseando amar de Wong Kar Wai, algo que me obsesiona y espero resolver en los próximos días. Sólo decir que no dejo de escuchar la música compuesta por Shigueru Umebayasi para este film. Es terrible que alguien pueda componer algo tan bello y a la vez tan triste. Transmite tanta sensación de pérdida. Y encima está ese título tan evocador y frustrante. Uffff, no sé qué haría sin el cine.

Ta luego. A2.

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