Me gusta la lluvia, mojarme cuando las gotas se vuelven más profundas y la intensidad de la descarga acuífera me cala hasta empaparme y dejarme como una sopa. En los días de lluvia al andar por la calle sonrío cínicamente al ver como la gente la pasa canutas para intentar conjugar el imposible binomio paraguas y manos ocupadas con cualquier otro menester (bolsos, maletas, niños pequeños o cuerpos a los que sentir a toda costa). No me gustan los paraguas, son incómodos, pesados y cansinos. Es un objeto que cada vez que lo saco, lo acabo olvidando en algún lado, o si no lo acabo perdiendo, lo que me hace quedar siempre mal con aquella persona que me lo regaló. Disfruto de la lluvia y hasta a veces, me alegra el día, porque creo que es el maná del siglo actual. Estoy convencido de que muchas de las guerras y enfrentamientos que se desencadenen en el futuro tendrán como protagonista al agua, si no es algo que ya está sucediendo. En cambio, cuando un día en el que tengo planes al aire libre y necesito que el día esté diáfano y descubierto, me revienta los higadillos que llueva. En las primeras pisadas al salir de casa, tuerzo el gesto y sólo sé decir “perro día inglés”. Expresión que no recuerdo exactamente de donde la he escuchado o leído, pero que me lleva al momento a la palabra albórbola, leída ayer en el libro de Naguib Mahfuz “El Cairo Nuevo”. Albórbola es como se llama a una antigua expresión de felicidad proferida por las mujeres en el mundo árabe y que actualmente se utiliza para calificar a la interjección de griterío, miedo y tensión de los mozos al entrar los toros en la plaza tras un encierro. Se me hizo muy raro que se cruzaran en mi cabeza de ese modo tan inconexo la siniestra expresión “perro día inglés”, que parece que acontece a una catástrofe brutal, con la bella y sonora albórbola, que tiene el poder sugerente de ser la palabra mágica que hay que pronunciar cuando uno es feliz, para que la dicha no se marchite y no dejar de saciarnos con ella. Extrañas asociaciones, que lo mismo mantengo para celebrar esta inverosímil pareja de enojo y alegría. Aunque a buen seguro, el día que quiere gritar albórbola, pisaré una baldosa suelta por la calle llena de agua, me mancharé y mi boca escupirá el maldito “perro día inglés”.
Ta luego. A2.
Etiquetas: albórbola, alegría, árabe, El Cairo Nuevo, enojo, Naguib Mahfuz, perro día inglés
Enero 7, 2008 a las 1:02 pm |
para lo que me ha servido la red neurona, jaja..
Me ha gustao leerte
saludos
Mayo 14, 2008 a las 5:37 pm |
Alberto, te escribo desde Argentina. Me gustaría poder mostrar este texto en otro sitio que tengo, eso si vos no tenés ningún inconveniente.
Muy profundo lo que escribes
saludos