¿Por qué leo?

By Alberto M²

En el repaso habitual acerca de las recomendaciones literarias, musicales y cinematográficas que me gusta hacer del reciente finiquitado año 2007, varias han sido las que han suscitado el aplauso unánime de la crítica como lo mejor del pasado año. No ha habido grandes diferencias de un medio de comunicación a otro, si acaso alguna que otra rara avis que se sale de la norma, motivada por los gustos particulares del crítico o periodista en cuestión. Así es posible ver como los libros “Diario de un mal año” de Coetzee, “Las benévolas”  de Jonathan Littell, “Vida y destino” de Vasili Grossman (creo que reeditado, aunque no lo sé a ciencia cierta) “El niño con el pijama de rayas” de John Boyne o “La Carretera” de Cormac McCarthy han sido tildados como las obras maestras que en absoluto hay que dejar de leer. Mientras que de las novedades musicales y cinematográficas suelo estar más al tanto, en las literarias voy a contrapelo. Todavía me acuerdo como hace unos años por narices había que leer a Céline, Houellebecq o Bukowski para estar al tanto de la vanguardia literaria. Ya sé que Céline no es de ahora, pero la histeria colectiva por leerlo en este país es reciente. Ahora, pasado un tiempo, apenas oigo hablar de estos autores. Posiblemente sus novelas tengan fuerza, empaque y talento, pero me da rabia ver como las modas, el marketing y los intereses mercantiles imponen lecturas, cuando mucho de lo que se escribe en la actualidad y no se deja de recomendar con interesada pasión, sólo merece el calificativo de pura bazofia. Por eso, me gusta ir a mi aire. Coger un libro de la Biblioteca, comprarlo sólo porque me llame la atención, sin más referencias que su título o autor, no dejar de leer los grandes clásicos de la Literatura, que aunque suene a tópico, son auténticas maravillas. Recuerdo como leer en los últimos tiempos “A sangre fría”  de Capote, “Memorias de Adriano” de Yourcenar o “Lord Jim” de Conrad han sido unas de las lecturas más gozosas que haya podido tener en mi vida. Leer no es algo fácil, exige atención, silencio, tiempo, compromiso y dedicación, pero es un tiempo maravillosamente invertido, tiempo que jamás es baldío. No hay excusas para el que no lee. Aquel que no lo hace, cada día se empobrece un poco más y cierra su mente a ser cada día más libre. Se aísla en su mundo y sólo entiende de sus frustraciones diarias. Leer es vivir y no hacerlo es dejar de soñar.

Ta luego. A2.

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