El pato de juguete, de un huevo Kinder que jamás llegué a saborear con gula mañanera, que tengo encima de la quema-ojos pantalla de mi ordenador ha aparecido con todas sus patas y alas de plástico desmembradas y a la remanguillé. No sé cómo ha podido suceder semejante desbarajuste. El pato ya no me mira directamente con sus negros ojos saltones como acostumbra casi todos los días, me da vergüenza que lo haga después de que ayer le pusiera de sombrero el envoltorio de un bombón de higo tipo Ferrero Rocher que ayer sí que me comí. Y es que encima ahora me doy cuenta de que no es un pato, es una gaviota. Es extraño, intento buscar excusas para reírme, pero no dejo de pensar en cómo la reciente muerte de un vecino mío me ha afectado tanto. Era un hombre que veía casi todos los días, pero con el que apenas compartí una conversación medianamente decente. No sé por qué. Es una sensación de pérdida de hábitos, de saber que no vas a volver a verlo más, que ya no cruzaremos más palabras triviales sobre el tiempo, el trabajo o la vida y que cuando la muerte tambalea tus rutinas, nunca es para bien. Quiero aparentar una cosa, pero no soy capaz de acostumbrarme a su aterradora presencia. Algo tan obvio como que la muerte es lo que iguala a todos los hombres me deja pensativo. Iguala sí, pero siempre hay distintas formas de morir. Y ante eso, tengo miedo. Una semana después sigo sin quitarme de la cabeza la imagen presenciada de forma furtiva. Son más de las 11 de la noche, vuelta de plató y semáforo en rojo. Veo a dos jóvenes harapientos correr desesperados a refugiarse al interior de un cajero de La Caixa. Al principio creo que es una pelea, pero pronto veo que el huesudo brazo desnudo de uno de ellos indica otra cosa. Semáforo en verde, tardo en arrancar y aún sigo sin poder olvidar como el vicio ha destrozado la vida de estos dos jóvenes. Me enfado, porque no hay cosa que más me reviente que ir de falso moralizador y porque realmente no sé de quién es la culpa. No hay enemigos en los que descargar nuestra ira y sin ellos, nos cuesta tener motivos para los que luchar con orgullo. Menos mal que no nos falta la fe.
Ta luego. A2.
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