En el parque

By Alberto M²

 

A lo lejos se avecinan intensos nubarrones con ganas de derramar su valioso oro líquido para alegría de viejos y agricultores y alivio de políticos ineptos, y yo otra vez ando sin paraguas. No me importa, hace bochorno y noto más que nunca la presencia de aquello que me hace ser tan alérgico. Ojos llorosos, nariz cargada y respiración pesada. Aún así, me gusta pasear por este parque. Cada uno a su aire y personas de todo tipo se reúnen en este pequeño vergel verde, nacido entre ladrillos y coches. Y qué intensa es la harmónica en “Vagabonds”. Jóvenes despreocupados trasiegan por el césped, algunos retozan, otros escuchan música de algún cacharro que no veo y que escupe palabras a ritmo de secretaria antigua y los más, fuman porros, aunque la verdad, no sé por qué uno de ellos pega tantas voces, cuando el resto apenas le presta atención. Y cómo es posible que “The lake” sea tan triste y tan bella. Varias jóvenes madres charlan sobre sus cuitas vitales, mientras un cerco de carritos de bebé ejerce de muralla infranqueable ante ellas, sin asomo de varón con ganas de asaltarla. Ancianos sentados en un banco, gafas de sol, bastón y gorra en la cabeza o en las rodillas. Están en silencio, sólo perturbado por las anécdotas del pasado que brotan sin venir a cuento. Así no se espantan los fantasmas, pienso. Y no sé si California me espera, pero qué buenos son. Perros que corretean sin rumbo fijo, de aquí para allá, olfateando por doquier, mientras sus dueños cada día pasan de ser meros desconocidos a personas que tienen motivos por los que saludarse y conversar. Pienso: “Jejeje, eso no pasaría si tuvieran gatos. ¿Alguna vez he visto a alguien sacar a su gato a mear? Va a ser que no”. Y qué lástima no saber inglés, aunque después de traducir que hazme un favor era igual a que desaparezcas de mi vida, me hace quedarme con más ganas con aquello que no entiendo. Una chica nervisosa de pie cerca del kiosko, parece que espera a alguien, no deja de mirar el reloj, llamar a un teléfono que no responde y subirse al hombro un bolso un tanto resbaladizo y hortera. Minutos después, a lo lejos veo como un joven cafre le pega voces y le falta al respeto por tanta llamada. Ella se deja. ¡Qué lástima! Y qué cuando fui joven, y qué si todavía creo que lo soy, y qué si no sé qué decir para jusitificarme. La marcha rápida de aquel que tiene prisas por llegar a su destino, sin darse cuenta que los niños del partido de fútbol le llaman para que golpee el balón que anda a su vera, perdido en un lástimoso lance de juego, más propio de un drop de rugby que de la belleza armónica y perdedora con la que juega el Arsenal. Y qué… Joder, ya me he quedado sin batería en el MP3.

 

Ta luego. A2.

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