Lo amó para siempre, con la pasión que no dan los años quedos, el dolor silencioso que la martirizó todos y cada uno de sus días y el ansia de un cuerpo que se vaciaba en otros hombres, en el engaño de aplacar un amor imposible de saciar. Porque el día que Elena salía de comprar cartulinas blancas de la librería de la viuda del Sr. Pérez para un estúpido trabajo de carrera, se lo encontró sin más y apenas pudo balbucear un tímido “gracias” mientras él le cedía el paso y la sinrazón del amor se apoderaba sin remisión de ella. No eran mariposas lo que le subían por el estómago, eran pirañas que mordían su ser y que desbrozaban el control férreo con el que hasta entonces había tejido su destino. Desde bien pequeña, se propuso que nunca sería como las mujeres de su familia, una saga de hembras excepcionales, lúcidas e inteligentes, que por una extraña maldición caían embobadas de generación en generación a los encantos y requiebros de los varones más mequetefres del lugar. Mujeres a las que insultaba sin desmayo cada noche en gritos sordos y lamentos ahogados por una almohada llena de lágrimas de rabia y cariño. Fruto de este sofocón rutinario, las molestas calenturas nacían una y otra vez durante la duermevela nocturna en la comisura de sus labios al pensar que abuelas, tías, hermanas y madre habían tirado por la borda tanto arrojo y talento, para no ser más que unas marionetas, anuladas por machos inferiores, dominantes, celosos hasta más allá de los límites de su cobardía y de violencia fácil cuando veían que al ser cuestionados se resquebrajaban las grietas de su falsa hombría. Elena se marcó como meta que jamás habría hombre al cual rendirle cuentas, ni a quien pedir permiso para ser libre y vivir según su propia conciencia y equivocaciones. Fue siempre fiel a esa máxima, pero sin darse cuenta hasta los estertores de su vida, que ella también fue presa de la misma suerte familiar, con la cruel salvedad de que abuelas, tías, hermanas y madre sí disfrutaron en vida del hombre que mal eligieron, pero ella se negó a sí misma a perpetuidad la dicha de gozar de su amor. A partir de ese encuentro, su vida fue un desgarramiento infinito por ese hombre, cuyo amor sólo era capaz de expresar mediante abrasivas miradas furtivas si por un casual se lo encontraba, porque jamás cruzó palabra alguna con él. Los intensos ojos verdes de Elena ardían en un deseo tan lacerante, que el sofoco desgarraba sus entrañas hasta hacerla palidecer y que incluso era necesario que ingiriera para recuperarse dosis generosas de potasio y vitamina C en forma de plátanos y naranjas. Nunca lo buscó, pero siempre tuvo la sensación de que todo lo que había en su pequeño mundo era él. Las paredes de las calles parecían tener la marca de sus zapatos de punta redondeada y tacón de tres dedos, los bares del centro servían a todas horas un café con leche largo de café, los libros de la Biblioteca municipal tenían el rastro inconfundible de una doblez marca páginas en la esquina superior derecha y los coches de la ciudad siempre iban con las luces de cruce encendías a cualquier hora del día y en cualquier estación del año. Verlo era no respirar, morir en vida al imaginar que no podría arañar su espalda como es natural entre amantes y que las manos le temblaran tanto al atisbar su figura, que tenía que cerrar los puños hasta hacerse sangre en las palmas o se rompía una uña de la fuerza represora. Así fue la vida de Elena, lo amó para no tenerlo.
Ta luego. A2.
Junio 25, 2008 a las 11:34 am |
oye, enviame un correo please, tengo que hablar contigo. Soy el hermano de Carlos. Si miras la dirección de correo adivinarás por qué