Podría escribir una historia sobre la vida errática y asombrosa de ese auténtico chino cojo que acercaba los instrumentos a los miembros de la banda de Bob Dylan entre canción y canción en su mágico concierto de Mérida; podría ser uno más de los que escribe una crítica mordaz y sangrante sobre el despilfarro y soberbia cometido por los mandamases del G8 en su indignante comida de 18 platos; podría escribir un pequeño texto tristón sobre el hecho de que cada vez la presencia de mi adorado Starbucks estará cada vez más lejos de Badajoz por culpa de la crisis; podría intentar expresar que ayer la piel se me puso de gallina al escuchar como el cante de José Mercé me ha dejado enamorado de su arte flamenco para siempre (aunque para mi decepción, no cantara su intensa versión de ”Mammy blue”); podría dármelas de cinéfilo cultureta y darle bastante caña a Spielberg por sus sempiternos extraterrestres en la última de Indiana Jones y como Shymalan es un director que siempre me ofrece algo nuevo, aunque siempre me sabe a poco, porque tengo la sensación de que se quiere demasiado a si mismo como genio; podría escribir algo cínico sobre la locura desatada estos días por el lanzamiento del iPhone de Apple, pero la verdad, es que temo que no sea más que un reflejo de mi obsesión incontrolable por la tecnología; podría ser sincero, pero la mentira es un juego de inteligencia adictivo y apasionante; podría… En fin, no puedo porque me quedan sólo tres semanas para irme de vacaciones. La desgana me posee. Me cuesta darle trascendencia a las cosas. Ya no me quedan calendarios vírgenes en los que tachar los días. Este año si que no me quemo en la playa. Lo siento gente, no me voy a recortar las patillas. Tengo bastantes libros interesantes y películas reservadas para emocionarme en los días de asueto. STOP. Quiero que Peter Weir vuelva a dirigir más películas.
Ta luego. A2.
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