Nunca sabes lo que estás haciendo. Vas y vienes. Crees tener absoluto control de la situación, pero lo importante se te escapa de las manos como las tonterías que se dicen sin venir a cuento, en silencios incómodos que siempre te recuerdan a Vicent y a Mia en Pulp Fiction. Miras la hora, pero ya no te desesperas más. Piensas en que el despertador lo tienes adelantado 17 minutos, el reloj de pulsera 7, el móvil 5 y el del portátil, que es el único que marca la hora correcta, ni le haces caso. No buscas respuestas, porque no hay ningún por qué. No tienes interés por nada y tan siquiera es algo extraño. Queda poco para el cierre. No tienes nada preparado. Debería estar agobiado y de mal humor, pero a medida que pasa el tiempo me voy sintiendo mejor. Gritas: Estoy bien. Me llaman por teléfono. Ni caso. Correos amenazantes. Más llamadas. Tocan a la puerta. No abro. Entran de mala manera. Gritos y dos caras de personas que aprecio de muy mala leche. Me levanto, recojo el abrigo, la cartera, el móvil y las llaves. Toca dar un paseo. Apenas doy cinco pasos en la calle y no puedo evitar bostezar y desesperezarme con descaro. Los huesos de mi espalda crujen como castañuelas que suenan al empezar un fandango. Me da igual que me hayan visto. Prosigo mi camino y después de media hora asimilando todo con calma, me siento en el oxidado banco de hierro negro de un parque. Hoy toca mirar.
Ta luego. A2.
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