El tiro del pianista

By Alberto M²

 

Lo leo hoy en El País en la crónica de Iturriaga del partido jugado entre Madrid – Barça de la Liga ACB. Talento, sangre fría y tino son los componentes esenciales para que a dos metros delante de la canasta no falles ese lanzamiento, en apariencia tan fácil, pero que en el baloncesto es de las suertes más complicadas. Cuestión de equilibrios, tal vez. Puedes ser el jugador más físico, explosivo y fuerte, pero sin la muñeca de aquel pusilánime que siempre se queda cortado en los bloqueos, aunque a la hora de la verdad se la pasas al flojucho, porque sabes que no va a fallar. Hoy siento que debo estar enfadado, gritar y cabrearme, que tengo muchos motivos para ello. Cuando intento fruncir el ceño, dar respuestas cortantes, tocarme el brazo a lo Harry Carey y simular que masco tabaco, lo único que hago es recordar las dos últimas veces que lavé el coche, a cada cual más lamentable, e inevitablemente, me río. La primera de ellas, con las prisas en vez de coger el limpia cristales, me llevé un mejunje aromático que había en casa tiempos a. Lo peor es que yo veía que los cristales no se limpiaban, que la cosa no funcionaba, y en vez de analizar la situación y ver que algo extraño ocurría, pues no, dale que dale, hasta casi gastarlo entero. ¿Qué sucedió? El limpia cristales no era tal, era un líquido aromático creado con un fin que todavía soy incapaz de comprender. El coche se ha quedado impregnado de un olor a fragancia de señora mayor brutal. Es una experiencia catártica. Es como entrar en el plató del programa de Ana Rosa y sentarte entre las señoras del público para siempre, sin posibilidad de escapatoria y con la obligación de reír las gracietas de lo pájaros presentes en plató.

 

Consciente del desastre, la última vez que lavé el coche, ya iba escamado y sobre aviso, así que desecho recipientes de la limpieza de color rosa, marrón o de aromas peligrosos. Veo que hay uno grande azulado, lo miro, casi parece que lo voy a coger, pero antes, precavido de mi, leo qué es. ¡Ah, fortuna! Esta vez sí que no me la pegas con el líquido para el lavavajillas. Después de rebuscar a conciencia, me decanto por uno más pequeño, azulado y de tapón rojo. El DNI de todo limpiacristales. Tan tranquilo voy lavando el coche, hasta que llega la hora de limpiar los cristales del vehículo. Y aquello sí que se empezó a liar. Los cristales se empañaron, yo iluso de mí, creía que era por la suciedad, así que, una vez más, dale que te dale y frota que te frota, más y más líquido azulado. Y los cristales seguían igual, más empañados que el coche de la película Titanic. Terrible, aquello era una bruma perpetua pegada a los cristales. Yo ya no sabía qué hacer, entre las risas cabronas de los makoys de mi alrededor y la mala leche creciente, desisto y me largo a casa, sin tener apenas visibilidad alguna, jugándomela, con el único aliado de que el día era soleado. Cuando llego a casa, recojo los aperos de limpieza y miro el bote azulado y su tapón rojo pidiendo explicaciones del desastre, para darme cuenta de que era el hermano pequeño del bote de lavavajillas desechado en primera instancia. Fortuna, tú siempre ganas. Yo ya no sabía si reír, llorar o maldecir. ¡Otra vez! ¡Dos veces seguidas! Y siempre, siempre, siempre por culpa mía. Así que, cada vez que me cabreo, tomo aire y pienso en lo torpe que puedo llegar a ser y visualizo mi triste figura después de darme cuenta de los errores cometidos. Y no sé por qué, pero eso me hace sentir bien. Porque en ocasiones en los tiros del pianista de la vida te llevas un buen tapón y a la larga, tu orgullo lo agradece.

 

Ta luego. A2.

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Una respuesta para “El tiro del pianista”

  1. Blogsbadajoz Dice:

    Hola Alberto estamos haciendo un directorio de blogs de gentes de Badajoz y nos gustaría contar con el tuyo, si quieres claro.

    Un saludo y siento escribirte en una entrada, pero no he encontrado tu email.

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