Cuestión de estados

By Alberto M²

 

Tengo una camisa que me encanta, pero no me la suelo poner muy a menudo. La sensación de que estoy a gusto con ella al ponérmela, ver que me sienta bien cuando me miro al espejo antes de salir de casa (sí, sí, sí… los hombres nos miramos en el espejo. De frente, de perfil y de todas las maneras posibles para enmascarar que los años sí que pasan en balde) y que estoy cómodo con ella se evapora al rato. Como por una cuestión de estilo y manía personal, me gusta ir con las camisas por fuera (menos en aquellas que el protocolo me exige parecer un tipo respetable) esta camisa acaba convirtiéndose en la maldita camisa que siempre se arruga por la parte inferior de la izquierda como un papel de periódico puesto al sol durante varios días. No hay manera de arreglarla. No existe plancha alguna que la pueda domar. Una cuestión nimia que te hace pasar del “hoy me como el mundo” al “ya estamos otra vez”. Pienso en estos estados de ánimo tan volátiles que uno vive al recordar el día de hoy. El mal humor con el que me he levantado esta mañana a las 7, no por el madrugón, sino que simplemente me sentía insoportable, enfadado, de estas veces que sabes que si alguien te habla, va a ser esa persona quien va a pagar tu mal genio. Después, a lo largo del día todo ha ido evolucionando para que me haya ido sintiendo mejor. Tal vez, haya sido que hoy era viernes y la semana acaba, que hemos ido varios compañeros de la productora a recoger el XI Premio de Periodismo Económico de la Cámara de Comercio de Badajoz que han concedido al programa Zona Empresa que hacemos para Canal Extremadura TV, por el reportaje “Historia de las Crisis Económicas”, que mis sobrinas Ruth y María cumplen tres años, que hoy voy a poder descansar viendo una peli de cine negro que me he reservado desde hace un par de semanas (para los interesados: “Antes que el diablo sepa que has muerto” de Sidney Lumet con Marisa “madura atractivísima” Tomei, Ethan Hawke, Albert Finney y Philip Seymour Hoffman). Varias cosas que me han levantado el ánimo. Hasta que después de meditar, a última hora de la mañana he tomado conciencia de la gravedad del asesinato de Eduardo Puelles por parte de los asesinos de ETA. Me he enfadado conmigo mismo por estar como si nada el rato después de conocer la noticia. “Egoísta, imbécil y estúpido que vas a lo tuyo”, he pensado. “A uno de los nuestros le han quitado la vida a sangre fría y tú tan tranquilo, haciendo las gilipolladas de un viernes cualquiera”. “Tú y tus mierdas”. Ufffff, he cogido aire y a intentar seguir con la mañana, pero las ganas de llorar, la rabia, el miedo, la sed de venganza, el asco, el dolor y la ira ante una barbarie con la que no conseguimos acabar son inevitables sentirlas. Sé que en estos momentos los políticos demandan cabeza fría, pero ante tanta sinrazón yo ya no sé qué pensar. ¿Cuánta gente ha de morir para que esto acabe? Y lo malo de todo ello, es que tengo más miedo si quiero dar una respuesta a esta pregunta, porque creo que eso significa más sufrimiento inútil. Toca respirar, alentar con cariño y respeto a la familia de Eduardo y pensar fervientemente que esta batalla la vamos a ganar. Está claro que pasar de la alegría a la pena es muy fácil, pero cuando te sientes tan indignado, no hay palabras, ni solución que aplaque tu odio.

 

Ta luego. A2.

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