Escribir y lamentar iba a ser el título de este post, pero después he vuelto a la idea original que deseché en un primer momento y que he vuelto a considerar como buena hace unos instantes para escribir sobre algo. Es algo tan sencillo como que el otro día me crucé con un hombre de mediana edad, en el que me basé en sus rasgos, fisonomía, vestimenta y andares para convertirlo en uno de los protagonistas de un mal relato que escribí hace ya tiempo. El hombre, a medida que me iba acercando a su altura, clavaba sus ojos en mí, hasta casi darme la sensación de que estuvo a punto de llamarme la atención para decirme algo, como si quisiera tomar partido del mal retrato que le hice y el fatal devenir que tuvo el personaje basado en él en mis cuartillas electrónicas. Aún después de haberle sobrepasado en mi camino, me sentía nervioso y asustado. Era sentir que los personajes cobran vida y quieren tomar partido de su destino. Zaherirme por ser tan mediocre, enfadarse por haberle juzgado sin haberme tomado la molestia de conocerle y por no haber trabajado más a fondo el desarrollo del texto. Paso y otra cosa. Soy la bola del péndulo que oscila sin tener derecho a parar… Jajajaja, debo estar bastante mal si ya me da por escribir una absurda queja victimista. ¡Sólo quedan cuatro semanas!
Ta luego. A2.